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Alejandro Dolina “Borges es el mejor de todos”

julio 16, 2008

Hombre de radio, escritor, el autor de Crónicas del Ángel Gris es sobre todo un gran lector. Declara su admiración por Barthes, confiesa que no ha leído a Arlt lo suficiente y anticipa algunas claves de la novela en la que hoy trabaja

Por Miguel Russo
Para LA NACION
Acercarse a la casa de Alejandro Dolina es meterse en las últimas estribaciones de la avanzada oriental en la Ciudad de Buenos Aires. Al dejarse atrás el Chinatown de Barrancas de Belgrano, los negocios con ideogramas en las vidrieras van cediendo lugar a los carteles en castellano. Se defiende alguna que otra casa de sushi, el instituto Kumazawa sobre la avenida Cabildo, una clásica tintorería devenida lavadero automático y ahí nomás, al lado de su casa, el supermercadito con delivery que se resiste a tener nombre y que el Negro hace famoso cada noche desde su programa radial La venganza será terrible .

 

La consigna es sacar a Dolina (el autor de Crónicas del Ángel Gris , Lo que me costó el amor de Laura , El libro del fantasma , Bar del Infierno ) de esa original y vehemente enciclopedia del grotesco con la que hace pensar. Y la cuestión no resulta tan difícil. “¿Vamos a hablar de literatura?”, pregunta, capuccino mediante. “Ahhhh”, hace, o dice, como preparándose para un banquete. Y agrega, para no hacerlo tan fácil: “Pero no estrictamente de autores argentinos. Si uno habla de literatura en general, puede no reducirse al tópico ´…ste me gusta y éste no me gusta “. Pero -frase célebre argentina- hecha la ley, hecha la trampa.

-¿Hubo un momento en que dejó de leer literatura argentina?

-No, no dejé. Sigo leyendo. Pero soy muy desordenado para leer. Me considero un buen lector, pero desordenado.

-Una buena definición de la literatura argentina.

-Es cierto. A algunos escritores argentinos actuales los conozco más o menos bien. A otros, quizás por pereza o por demasiada quietud, no los conozco. Y siempre tengo la sensación de que me estoy perdiendo a unos tipos fenómenos. Luis Chitarroni, Juan Sasturain son algunos de los que leo y valoro. Pero desde luego, la literatura actual es un pedacito recién nacido de todo lo que hay para leer. Lamento decir que la mayor parte de mis lecturas son de otros tiempos.

-¿Qué libros prefiere?

-Voy cambiando muchísimo. Si examinara los libros que estoy leyendo ahora, comprobaría, no sin cierta melancolía, que se trata de libros de epistemología, de historia, de filosofía. Mucho Roland Barthes, mucho Karl Popper y sus popperitos . Estoy leyendo mucho sobre la Revolución rusa y su continuación. Koba el temible , de Martin Amis. No estoy leyendo ficción. Estoy enfrascado en la obra de un pensador barcelonés, Jorge Wagensberg, que tiene una magnífica preocupación por dar una visión científica del fenómeno artístico como tal.

-Le preocupa saber qué es el arte…

-Exacto. Pero sin caer en frases tales como “ese no sé qué”.

-Pero, ¿usted mismo no se mueve en “ese no sé qué” cuando pide “no me pregunten por qué porque no lo sé”?

-Es que, como ocurre en la lectura, un autor me lleva al otro. Esa forma de leer es más placentera.

-¿Siempre leyó así?

-Sí. Por ejemplo, de muy jovencito me entusiasmé con Hemingway. Y leí todos sus libros. Andaba desesperado para encontrar cada libro suyo. Y hay otros autores que he perseguido toda la vida.

-¿Borges, por ejemplo?

-Borges, claro. Todavía hoy estoy atento a alguna cosa que haya escrito y yo no haya leído. Borges es el mejor de todos y el que me da más placer como lector. Pero lo que quiero decir es que no tuve un patrón definido a lo largo de la vida.

-Pero tuvo un inicio, como todo lector…

-Sí. Comencé con las novelas policiales, pero hoy creo que las novelas policiales son bastante superfluas. Eso sí, hay algunos autores muy buenos: Hammett, Chandler. Aunque tampoco creo que sean grandes literatos. Nunca pude disfrutar ni medio libro de Agatha Christie. Pero en aquella época lejana leía muchísimos policiales. Tantos que a veces tomo el listado completo del Séptimo Círculo y compruebo con horror que los leí casi todos. Claro, era una forma de leer a Borges, el gran seleccionador de los títulos del Séptimo Círculo. Pero esos hábitos que tenía de pibe desaparecieron enteramente. Y durante mucho tiempo leí solamente ficciones. En contrapartida, ahora leo ensayos.

-¿Qué produjo ese cambio?

-Probablemente mi profesión, por una costumbre que no tenía antes que es la de leer pensando que algo de lo que leía lo podía compartir con mis oyentes de radio. Desde luego, uno siempre encuentra mayor utilidad en lo que es histórico, filosófico, científico que en la mera ficción.

Alejandro Dolina pide gancho . Hace el gesto con los dedos. “Digresión”, dice. Pero no se trata de ninguna huida de la literatura. Todo lo contrario, es como una nueva respuesta sobre los motivos por los cuales lee epistemología: “Pensemos en Nabokov. Era un escritor extraordinario. Y también un pensador bastante independiente: odiaba a Dostoievski, al régimen soviético, fue exiliado, escribió algunas novelas estupendas y libros de opiniones con mucha gracia y enojo. Pero fue profesor de literatura en los Estados Unidos. Ahí están sus libros con sus clases. Yo caminé hacia esos libros con muchísima ilusión, pero me encontré con que Nabokov jamás se había llevado por delante ninguno de los tentáculos del estructuralismo. …l comentaba la literatura contando los argumentos y diciendo qué cosa le parecía eficaz y qué cosas no. Y yo, que me había acostumbrado, de algún modo, a ciertas gracias de lo estructural, notaba que aquello me resultaba insatisfactorio. Lo mismo ocurre con los directores y los actores y actrices de cine norteamericanos que cuentan las películas en las que participaron. Tipos talentosos que dicen: ´Mi personaje es un señor que quiere separarse de la mujer y ella no le da el divorcio . Ninguno revela ni siquiera la sombra de la sombra de un procedimiento. Y cuando digo procedimiento no quiero decir a qué altura pone la cámara. Me refiero a la visión de ciertas formas generales que la obra tiene, hasta incluso la revelación de alguna alegoría, de algún sentido metafórico, hasta la instrucción para que se pueda captar mejor la película. Estoy muy preocupado por eso”.

-¿Por qué?

-Porque pienso que el arte tiene mucho más para decir respecto de la forma en que cuenta que respecto de lo que cuenta. El hallazgo de un lenguaje artístico eficaz es un logro. Ahora parece que no. Pero sigo más interesado en aquellos que descubrieron que detrás del argumento, de la historia que se cuenta, hay no una magia, no un no sé qué, no un don secreto, sino unos procedimientos que se pueden describir y transmitir y que el ojo crítico reconoce. Por eso me entusiasma tanto la lectura de Barthes. Porque es alguien que no le da bola a la posible suerte de un escritor.

-Ni al hallazgo afortunado de un tema…

-Claro. Eso puede garantizar un éxito editorial, pero nada más. Si uno escribe ahora la vida secreta de los piquetes del campo o la biografía no autorizada de De Angeli, probablemente la discusión mediática de esos episodios haga que se vendan miles de ejemplares. Pero el best seller nunca tuvo que ver con la destreza literaria.

-¿Dónde pondría, entonces, a Umberto Eco con El nombre de la rosa?

-Personaje difícil, por supuesto. De lo que estoy seguro es de que Eco no tuvo una idea afortunada que le pasó un verdulero. Eco escribe de ese modo perplejo ante la maravilla del fenómeno literario. Un modo de escribir que es el único en estos tiempos. Cuenta una historia, pero al mismo tiempo echa una visión sobre la forma en que se escribe, cómo se produce el fenómeno de la literatura, cómo lo plantea el escritor, cómo lo recibe el lector.

-¿Eso implica saber quién es el lector?

-No lo sé, pero puede ser así: conocer al lector es conocerse a uno mismo. El fenómeno de la transmisión artística es binario, se produce entre dos mentes de parecida complejidad. Y cuanto más se parecen el lector y el escritor, el músico y el oyente, más fácil es que se produzca el goce artístico.

-¿En qué lector piensa cuando escribe?

-En mí. Escribo para mí. No puedo escribir para otro. Puede ser que trate de agradar a personas que quiero mucho, pero no podría escribir algo que sospeche que le gusta a otro pero que no me gusta a mí.

-¿Recuerda las lecturas que tenía en el momento de escribir cada libro?

-Es evidente que mientras escribía El bar del Infierno estaba leyendo muchas cosas acerca de los chinos y el libro se me llenó de chinos. Revisando otros libros, encontraría muchos elementos que fueron saqueados de lecturas, de este o de aquel autor. Es inevitable que lo que uno lee influya en lo que uno escribe.

-¿Y con Crónicas del Ángel Gris?

-Ese era un libro más unamunesco que los posteriores, más esperanzado y probablemente más gracioso. Lo único que hace que se nos perdonen algunas tropelías es el humor. El humor sirve para disimular cobardías. Y la literatura argentina, a veces, me parece demasiado humorística. Se usa el humor para hablar de asuntos que uno no domina demasiado bien. Y eso me parece un defecto de la literatura.

-Usted menciona mucho a Borges, pero se lo podría relacionar mucho más con Roberto Arlt…

-Sin embargo, casi no lo leí. Esa relación tiene mucho más que ver con un personaje que algunos creen que soy, muy relacionado con fenómenos barriales, con cierta propensión a la crónica o al costumbrismo. Pero eso no es verdadero. Me gustaría leer más a Arlt. Pero también a Leopoldo Lugones, pobre, que tiene tan mala prensa. ¡Cuantas perlas lugonianas nos habremos perdido por hacer caso a los que lo denostaron por razones ideológicas o por su desmesura artística!

-¿Sabe usted por qué escribe?

-Barthes, de nuevo: uno escribe para que lo quieran. Lo que uno está diciendo es: “No soy sólo éste que ve aquí, sino, además, esto que está escrito, por favor, quiéranme”. Importa más el deseo de ser amado que el deseo de ser reconocido.

-¿Por qué dejaría de escribir?

-Por pereza. Uno de las ideas que me asaltan más a menudo es abandonar la escritura para siempre con tal de no seguir esa tarde. Para salvar el resto de la tarde estoy dispuesto a abdicar de la literatura.

-¿Escribe a mano, a máquina, en computadora?

-No escribo. Dicto. Me acostumbré a dictar. Me permite pensar más puramente, sin preocuparme por la parte mecánica de la escritura. Me gusta caminar mientras me digo y me desdigo. Y, a veces, la pereza es tal, que, si escribo yo, me conformo más fácilmente.

-¿Y ahora está dictando?

-Una novela. Vamos a ver cómo sale. Muchas veces uno cree estar dibujando el mundo y en realidad está haciendo una pobre caricatura de uno mismo.

-¿Su primera novela?

-La primera, espero poder terminarla honrosamente. Quiero contar una historia, pero dejar entrever una mirada escéptica o dudosa o ajena, que ponga en tela de juicio los métodos que se están utilizando para el mismo relato. Que se entre y se salga de la historia. Armé el relato alrededor del barrio de Flores nuevamente. Pero también hay un montón de lugares donde ocurren episodios anexos. Más allá de la historia, yo dibujé la novela antes de empezar a escribirla.

-¿Dibujó la novela?

-Sí señor. Con la ayuda de mi hijo Martín, que tiene una imaginación muy cinematográfica. Me pareció que la novela necesitaba un diseño antes de poner en marcha el proceso de escritura. Agarré unos papeles y dibujé la tropilla de personajes que la integran, las conexiones, el estado inicial y el final de la novela. Y, además, me pareció que debía tener unos recursos formales y casi de diseño que contribuyeran a que el lector no tuviera tanta fe en la historia. El famoso distanciamiento del que hablaba Bertolt Brecht. Ese distanciamiento era la niebla, una niebla eterna que atraviesa la novela y dentro de la cual los personajes se relacionan casi sin reconocerse. Inventé también unos conspiradores que están al acecho contra un libro que aparece en la novela, pero que también conspiran contra la novela: tachan, anotan al margen, falsifican capítulos.

-¿Una manera de decir que lo que va a contar es mentira, pero…?

-Claro. Eso, a estas alturas del fenómeno novelístico, es de lo más saludable.

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