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Woody Allen destila su humor ácido en el nuevo libro de relatos ‘Pura Anarquía’

octubre 2, 2007

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PILAR R. VEIGA (EFE)

MADRID.- Anarquía: Ausencia de poder público; Desconcierto, incoherencia, barullo. Todos estos términos recogidos por el diccionario de la RAE se dan cita en el nuevo libro de Woody Allen, -‘Pura anarquía’-, con el que el cineasta estadounidense regresa, 25 años después, al género de los relatos de humor.

Editado en castellano por Tusquets, ‘Pura anarquía’ es puro humor ácido de Allen a través de 18 relatos que provocan continuamente la carcajada del lector. El mundo real se vuelve absurdo o, viceversa, en ‘Pura anarquía’.

El cineasta de gafas de pasta y pantalones de pana llega a escribir, a semejanza de Groucho Marx, frases tan divertidas que serán legadas a la posteridad.

El hombre es el único ser capaz de no dejar propina al camarero”,debo marcharme, tengo en casa un mapache que ordeñar“, “vendimos la casa por cuatro perras, y, encima, ninguna de ellas tenía pedigrí“, “tras hojear un catálogo de Victoria’s Secret había empezado a creer en un ser supremo” o cayó en la cuenta que no era un cerdo, sino su esposa.

Los problemas domésticos, los colegios infantiles, la gastronomía o la religión son algunos de los temas en los que Woody Allen (Nueva York, 1935) deja su sello personal, sin olvidar un juicio en el que Mickey Mouse es el principal testigo.

El director estadounidense, uno de los máximos representantes de los relatos de humor, ha introducido originales personajes, -algunos con nombres reales como Alma Mahler, Klimt, García Márquez, Faulkner, Fitzgerald, Kant, Wagner, Chéjov, Tom Cruise o Jennifer López-, en surrealistas situaciones.

Las comparaciones, personificaciones y metáforas son descritas por el Premio Príncipe de Asturias 2002 con una acción visual: “esa bomba en forma de tarjeta de San Valentín que utilizo para agilizar el flujo sanguíneo”, “una corteza cerebral generosamente marinada por la gente de Smirnoff” o “no me extraña que mi úlcera sea ya del tamaño de una tortita”.

Con su ironía también se acerca a temas serios como el de la pena de muerte: “los estudios demuestran que la probabilidad de que los criminales reincidan se reduce casi a la mitad después de la ejecución”.

Menciones al séptimo arte

En los nuevos relatos de ‘Pura anarquía’, algunos de los cuales han sido publicados anteriormente en la revista ‘The New Yorker’, no faltan las menciones al séptimo arte: “conseguí el número uno de recaudación en Guinea-Bissau” o “todos los patrocinadores pillaron la fiebre porcina“.

La literatura tampoco es obviada por Allen, pues uno de sus personajes “nunca había visto los saldos de un libro en la sección de leña para la chimenea“, y otro tenía una lista obligatoria de libros “que tenía la intención de leer desde hacía unos cuarenta años”.

En el nuevo libro del cineasta, que sigue a ‘The Insanity Defense’, la anterior antología humorística de Woody Allen, el lector, -“con una incredulidad que reservo para visiones de ovnis”-, tiene a veces que releer las páginas para asegurarse bien de lo que ha entendido, pues la risa se lo impedirá.

Como cuando lea el relato sobre las subastas millonarias de delicatessen, y una de las pujadoras se queja de que “un magnate del petróleo tejano me superó en la puja por un trozo de foie”.

Woody Allen, quien según el guionista Rafael Azcona “debería recibir el Premio Nobel de Literatura“, bromea con todo pues, al final, la vida se reduce a “un bocadillo de pastrami con pan de centeno, acompañado de pepinillos y mostaza: esa materia de la que están hechos los sueños“.

“Sólo un genial humorista como Woody Allen podría concebir un musical en torno a la Viena Fin de Siècle en el que Alma Malher se la pegara, sucesivamente, a Gustav Malher, Walter Gropius, Oskar Kokoschka, Franz Werfel, Gustav Klimt, Egon Schiele, Ludwig Wittgenstein y Karl Popper. El viacrucis por el que pasa un incauto que confía las reformas de su casa a un contratista sospechosamente sensato; un delirante intercambio epistolar entre el director de unas colonias de verano y el padre de uno de los niños (bastante zoquete, todo sea dicho) que pasa allí las vacaciones; las vicisitudes de un hombre que, en plena moda New Age, aspira a levitar pero que se lanza a practicar sin dominar la técnica… Éstas son algunas de las divertidas situaciones que describe Allen en su nuevo libro. Además de psiquiatras que acaban peor que sus pacientes, y desdichados actores dispuestos a hacer lo que sea para poder comer, desfilan por estos relatos sociedades estrafalarias, como la empresa que subasta en eBay oraciones para que se cumplan deseos… sin demasiadas garantías, e ingenuos a los que les quieren vender trajes que exhalan olores, proveen de agua o recargan el móvil con sólo frotarlo contra una de sus mangas. “

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