Fabio Alberti: “De pibe era medio cabrón”
Pone en jaque a su memoria y no hay caso. El cree que “no hay caso“. Piensa y dice no llegar fácil a ese nene que fue. “No tengo muchos recuerdos de cuando era chico… tampoco hay muchas fotos de esa época. Tengo una, por ejemplo, en la que estoy diseccionando un bagre. Lo pesqué en el río, cerca de casa, lo puse en un balde y después me sacaron la foto cortándolo sobre una mesa… pero no creo que eso tenga que ver con éste que soy ahora, ¿o sí?… A ver, lo que más me pudo haber marcado es la educación católica y eso está claramente en Peperino Pómoro“, comparte Fabio Alberti, el hombre que recuerda más de lo que cree y que cree —a decir por su personaje más audaz— menos de lo que en el colegio, tal vez, hubieran querido.
Con casi 20 años de carrera, reconoce que le sienta más cómodo hablar a través de sus criaturas —el mártir con el que parodiaba los cierres de TV o la Boluda total sin fecha de vencimiento— que repasar el camino a cara lavada, sin el maquillaje de sus creaciones, pero con su fino humor que ya es un sello de autor. Y de actor.
En la vereda de un bar de Palermo, bajo 9 grados y frente a un café, se anima a desandar el recorrido y encuentra, para su sorpresa, un puñado de recuerdos, convertidos así en las esquirlas que su supuesta falta de memoria no aniquiló. Hijo de una ama de casa y un cirujano, se crió en Martínez y fue alumno del San Juan el precursor. Entiende que “de pibe era medio cabrón. Encima me cargaban con un tío, el tío Antonio, que tenía muy mal carácter y eso me irritaba más todavía. Pero con los años se me pasó“. Sin llegar a ser un alumno brillante, “zafaba siempre y siempre al límite: 24 amonestaciones, 24 faltas, todo aprobado con 7, con lo justo, sin llevarme materias… Bueno, sí, me llevaba inglés. ¿viste lo mal que hablan inglés mis personajes?”. Ventila que entre sus virtudes se destacaba su capacidad para hacer machetes: “Me había inventado un sistema muy trabajoso en la escuadra transparente… le escribía varios renglones con la punta del compás, un enfermito. Cuando la apoyaba sobre la mesa no se leía nada, pero cuando la inclinaba se podían ver las letras“.
A los 42 años, confiesa que en ese entonces ya tenía el ácido humor de la acotación al margen, mas no la vocación. “No sé lo que es la vocación, cosa que le envidio a la gente que sí la tiene. Yo no soy Andrea del Boca, que de chica me tiraba por la baranda… Lo que sí me enseñó mi viejo fue a hacer bien lo que quiera hacer, lo que sea”, explica quien luego de compartir cartel varios años con Diego Capusotto —en Todo por 2 pesos o Qué noche Bariloche— volvió a su huella en solitario, para escribir su próxima obra o crear tipitos en RSM (América) y Day tripper (Rock & Pop).
Terminado el colegio, decidió tomarse “un tiempo para pensar qué hacer. Me iba temprano por ahí y leía, leía todo el día. Era un fanático de los clásicos“. En esos tiempos en los que Crimen y castigo era su libro de cabecera, un sueco que le recomendaba textos abrió un taller de teatro. Fue. Le gustó. Y al poco tiempo ya era alumno de Ricardo Bartís y de Pompeyo Audivert. Y un día, “un compañero que trabajaba en el programa de Tato Bores nos llevó a mí y a dos chicos como extras“. Por esos caprichos del destino, faltó un actor y “me dijeron vení vos. Fue mi primera escena guau y con Antonio Grimau. Eran como cinco minutos… no tenía letra, pero lloraba mucho“. Suficiente participación para ganarse unos pesos que le permitieron dejar su casa y vivir en el garage de un amigo, alquilar una habitación o sostener la independencia.
En ese girar por los cien barrios porteños, un vecino que conocía al director de De la cabeza —emblemático ciclo de humor— lo recomendó. A él a y a Alfredo Casero. Luego llegó Cha cha chá y se abrió el abanico que le dio aire a su galería de personajes que dicen lo que él diría. “Creo haber sido bastante coherente. Nunca hice nada que no quise… Mirá, yo me jacto de dos estupideces: de no haber ido nunca a Sábado bus a tirar el corchito (para ganarse un auto) ni de ir como crítico a TVR. No tengo nada en contra de esos programas, pero no me da ir. Y a esta altura, al menos, voy adonde quiero“, confiesa quien alguna vez no habrá sabido hacia dónde ir. Ahora sabe dónde no ir.
Silvina Lamazares




























